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5 lecciones que el yoga me ha enseñado

¡Feliz día Internacional del Yoga!

Como ya sabéis, este es (obviamente) un día muy importante para la comunidad yogi. La verdad es que aún me cuesta considerarme “yogi”, más que nada porque así veo yo a esos gurus (que están en la tierra o en otra parte ya) que cada día nos inspiran a ir un poco más allá en nuestra práctica, pero es cierto que “persona que practica yoga” es un poco largo para usarlo en cada conversación sobre el tema. Pero en realidad, eso soy. Simplemente una persona que practica yoga.

Mi historia comenzó hace 6 años cuando le pregunté a una compañera que era profesora de yoga por alguna postura para mis problemas de espalda (dichosa y bendita escoliosis), y gracias a su recomendación llegué al canal de YouTube de Yoga With Adriene. Comencé con videos sencillos y un poco de escepticismo, pero fue ponerme en la esterilla, y enamorarme para siempre.

Tengo que decir que yo misma era una de esas personas con ciertos prejuicios sobre los yogis, siempre había pensado que ese colectivo eran personas colocadas con aceites esenciales que se doblaban hasta el infinito y que se pasaban el día cantando om por aquí y om por allá, hablando de cosas espirituales mientras te limpiaban el aura con Palo Santo.

Pero para nada. De hecho, puedes vivir de esta forma si lo deseas, no tiene nada de malo, pero te aseguro que no es obligatorio. Con el tiempo, he encontrado mi propio camino en el yoga, y sin duda, es el de el yogi relajado (que no colocado) e imperfecto que sabe ver sus limitaciones y que dice muchos tacos. Muchos. Demasiados. Pero he aprendido a verme como yogi con humor, a reirme de las cosas típicas que los yogis hacemos, pero sobre todo he aprendido…

  1. Que tengo un ego como una casa

Madre mía, te piensas que los libros de autoayuda y la introspección te ayudan a calmarlo un poco, vas de “yo no soy egocéntrica”, pero el yoga te da una bofetada de realidad y te hace ver que sí, que el eg está aquí para quedarse, y que muchas veces sale cuando te comparas con el yogi de al lado que prácticamente se duerme en kurmasana. En cambio, también te enseña a separarte de él y a darte cuenta de que el ego es un payaso, una imagen que quieres proyectar pero que es como un papel de calcar, muy finito y que en realidad no representa absolutamente en nada lo que eres. Se trata de ser amiga del ego y reirte un poco de él, de aprender a verlo sin tomártelo demasiado en serio.

2. Que la vida es como Sirsasana

Es decir, que a veces tienes que ver las cosas desde otra perspectiva para sacar algo en claro. Sobre todo, cuestionar tus creencias, tu identidad, tus opiniones, conocimientos y hasta tu propio ser. Ver las cosas desde otro punto de vista físico también te ayuda a ver las cosas desde otro punto en tu mente.

3. Que las cosas materiales no valen NADA

Por supuesto que a todas nos gusta llevar unas zapatillas sostenibles bonitas a pasear los domingos, o unas mallas de yoga de botellas recicladas, pero más allá de eso, se trata de saber que estas cosas no valen nada. Venimos solas al mundo y solas nos vamos, no podemos llevarnos NADA con nosotras al otro lado. El yoga te enseña que las cosas materiales son pasajeras, que no podemos basar nuestro valor en ellas porque son efímeras, destructibles, y una vez nos las quitan o las perdemos, that’s it, sentimos que no valemos nada. Por eso, mi práctica me ha ayudado a ver las cosas materiales como lo que son: simples adornos divertidos que añadimos a nuestra vida pero que en absoluto son un reflejo de lo que realmente somos.

4. Que el cambio es necesario

El agua estancada huele mal y carece de vida. Así es. El yoga me ha enseñado a aceptar que todo cambia constantemente, a no sentir apego hacia las cosas, situaciones, personas o lugares. Me ha enseñado a saber crecer en cualquier lugar, sin llegar a identificarme con ninguno. Me ha enseñado a aceptar la muerte. A entender que muchas cosas cambian y está fuera de mi control. Y a entender, que yo misma soy un ser cambiante que nada tiene que ver con el de ayer. Así, vemos los cambios como progresos, y no como pérdidas.

5. Que lo que importa no es lo que tú obtengas, si no lo que aportas

ESO es lo que nos da valor como personas. No lo que podamos obtener de este mundo (y pensar, que cuanto más, mejor) si no lo que le aportamos. Cada persona tiene algo totalmente único e irrepetible que puede aportar a este planeta. Suena a frase de libro de autoayuda (y lo sé porque he leído muchos, menos mal que pasé esa fase), pero es así. Al final, lo que obtienes solo lo disfrutas tú, pero lo que aportas, beneficia a todos los seres de este mundo y también a ti. No se trata de ser el yogi del mes, el espiritual del mes, o de que te santifiquen, si no de realmente sentir que estamos compensando el tiempo que nos han regalado en este mundo. De devolver algo de lo que tenemos y hemos tenido el privilegio de tener. De dejar una huella significativa más allá de “vine, acaparé y me fui”. Me ha enseñado a entender el verdadero valor de las cosas y de las personas, pero sobre todo, a ser compasiva, a ser empática, honesta, y a aceptar mis propias limitaciones y errores.

Gracias a mi práctica cada día es un nuevo día en el que descubrir cosas sobre mi cuerpo y mi mente, de su unión y de las respuestas que siempre he buscado, porque muchas, ya estaban dentro de mí. Esa aceptación es la que ahora mismo me hace soltar una risita cada vez que me veo las lorcillas de la barriga en sarvangasana.

Feliz día Internacional del Yoga, hierbas.

Que vuestra práctica os acompañe.

Om Shanti Shanti Shanti.

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